Las Casas de Hospitalidad de las Apóstoles no nacieron como simples estructuras de acogida. Nacieron de un encuentro. De una mirada atenta dirigida a quienes estaban solos, lejos de casa y en situación de fragilidad. A comienzos del siglo XX, muchas jóvenes dejaban a sus familias para trabajar en las ciudades industriales. Vivían lejos de casa, muchas veces sin puntos de referencia.
Las Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, fundadas en 1894 por la Madre Clelia Merloni, sintieron que allí existía una llamada. No solo ofrecer un techo, sino ofrecer el corazón. Madre Clelia escribía a sus hijas espirituales: “Sean todo corazón para Dios y para el prójimo”.
Estas palabras no eran un consejo genérico. Eran un programa de vida. Ser corazón significaba acoger, comprender, acompañar y proteger.
Así nacieron los internados para obreras, las residencias para estudiantes y las casas junto a las fábricas textiles. Lugares sencillos, pero llenos de presencia. Casas donde las Hermanas se convertían en madres, hermanas y amigas.
En estas Casas no se ofrecía solamente hospitalidad material. Se construía familia. Después de largas jornadas de trabajo, las jóvenes encontraban escucha, diálogo, formación, momentos de oración y fraternidad. Las Hermanas cuidaban su dignidad, fortalecían su fe y las ayudaban a mirar el futuro con esperanza.
Madre Clelia deseaba comunidades capaces de amar concretamente. Por eso repetía: “El amor no debe estar solo en las palabras, sino en las obras”.
No era solo asistencia. Era acompañamiento.
Era educación del corazón.
Con el paso del tiempo las necesidades cambiaron, pero el espíritu permaneció igual. Las obras dedicadas a las jóvenes se transformaron en Casas de hospedaje, residencias universitarias femeninas, Casas de acogida para familiares de pacientes hospitalizados y Centros de espiritualidad.
En Alejandría, la Casa acogió a familiares de personas internadas en el hospital, convirtiéndose en un lugar de consuelo en momentos de dolor.
En Silvi Marina, los brazos abiertos de la imagen del Sagrado Corazón sobre la entrada parecen repetir las palabras del Evangelio: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré”.
Hoy, las Casas de Hospitalidad Religiosa de las Apóstoles continúan siendo lugares donde se entra como huésped y se es acogido como persona.
Para nosotras, acoger no es un servicio más. Es una forma concreta de vivir el Evangelio.
Cada Casa está habitada por una comunidad que reza y sirve. Cada puerta abierta cuenta una historia iniciada hace más de un siglo. Cada gesto de cuidado es un eco de la espiritualidad del Corazón de Jesús.
Porque, como deseaba Madre Clelia, queremos ser verdaderamente “corazón” para quien entra. No solamente ofrecer una habitación.
Sino ofrecer un lugar donde sentirse protegido.
“Sean todo corazón para Dios y para el prójimo”
Acoger, para nosotras, no es un servicio accesorio. Es un gesto evangélico.
Es creer que cada persona que cruza el umbral lleva consigo una historia sagrada. Es ofrecer un espacio ordenado, limpio y sereno donde el corazón pueda descansar. Es saber escuchar sin invadir. Es cuidar sin retener.
Nuestra espiritualidad nace del Corazón de Jesús: un corazón abierto, traspasado y entregado. Un corazón que no excluye, no juzga y se ofrece.
Las Casas de Hospitalidad de las Apóstoles quieren ser precisamente eso: un reflejo concreto de ese amor.
Cada huésped es único y ocupa el centro de nuestra atención cuidadosa
Máxima privacidad para una estancia tranquila y serena
Ambientes esenciales y elegantes que favorecen el descanso de la mente
Espacios impecables y relaciones auténticas basadas en la amabilidad
Un equipo dedicado y disponible para cada necesidad
Cada estructura cuenta con un equipo dedicado para hacerte sentir acogido, protegido y siempre en casa
El Instituto de las Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús fue fundado el 30 de mayo de 1894 en Viareggio, Italia, por Madre Clelia Merloni.
Somos una Congregación religiosa internacional que vive y testimonia el amor del Corazón de Jesús a través de la educación, la salud, la acción pastoral y la promoción humana. Presentes en diversos países, trabajamos allí donde la Iglesia y la sociedad necesitan más esperanza, cuidado y evangelización.
Desde su fundación, el Instituto nació del ardiente deseo de dar a conocer, amar y servir al Corazón de Jesús.
En 1900 recibió el reconocimiento canónico, iniciando rápidamente su expansión misionera hacia otros países, entre ellos Brasil y Estados Unidos. Desde los primeros años, las Apóstoles se dedicaron generosamente a la educación de los jóvenes, a la formación cristiana y al cuidado de los más vulnerables, abriendo escuelas, orfanatos y obras sociales.
A lo largo de más de un siglo, la Congregación ha atravesado momentos de crecimiento y también períodos de prueba, siempre sostenida por la confianza en la Providencia y la fidelidad al carisma de la Fundadora.
Hoy, el Instituto está presente en diversos continentes y continúa su misión en la Iglesia a través de obras educativas, sanitarias, pastorales y sociales, preservando y difundiendo la espiritualidad del amor reparador y misericordioso.
Las Casas de Hospitalidad de las Apóstoles forman parte de esta misión más amplia: no son simples estructuras de hospedaje, sino lugares donde espiritualidad y acogida se encuentran.
Cada Casa está animada por un estilo que une profesionalismo y espíritu evangélico, atención concreta y dimensión interior.
Desde el primer internado para obreras hasta las Casas de Hospitalidad de hoy, lo que nunca ha cambiado es el deseo de ser presencia.
Porque cada Casa no es solamente un edificio. Es un lugar donde alguien te espera. En un mundo que avanza rápidamente, nuestras Casas desean ser espacios de pausa, escucha y renovación.
Acogemos a quienes viajan, estudian, buscan silencio o desean descanso. Con la convicción de que la hospitalidad puede convertirse en una experiencia de humanidad y, para quien lo desee, en un encuentro con Dios.